(2017-09-24) La España del Trankimazin: la ansiedad es la última epidemia.

El mundo está dividido en dos tipos de personas. Por un lado está Sidney Waterman, el mago de cuarta al que interpreta Woody Allen en Scoop (2006). Por el otro, el resto. En una escena del filme, sentado en una cafetería frente a una aprendiz de periodista, Waterman se congratula de poder pedir todo lo que quiera para comer: «¿Lo ves? Yo nunca engordo ni un gramo: mi ansiedad funciona como hacer aeróbic».

Si no es usted Waterman, probablemente no vea el aspecto positivo de sufrir ansiedad. Y eso que, más allá de ser esa herramienta para mantener la línea, sí que lo tiene. Es el arma que posee nuestro organismo para estar alerta ante cualquier posible peligro. Para, como dicen los ingleses, fight or flight. Luchar o huir. La comunicación que desde la amígdala, en el cerebro, se envía al resto del cuerpo -músculos en tensión, incremento del ritmo cardiaco, respiración más intensa- para que se prepare. Para sobrevivir, en definitiva. Sin ansiedad seríamos una nota a pie de página en la teoría de las especies de Darwin.

El problema es cuando no asociamos la ansiedad con ese mecanismo de reacción. Cuando se prolonga en el tiempo sin que exista una amenaza real y se convierte en una patología. Hoy sabemos que hay personas con mayor predisposición a sufrirla por cuestiones genéticas. También que el entorno social puede provocarla. Y por supuesto, la vida de cada uno. Pero durante los últimos años la ansiedad ha trascendido la puerta de las consultas médicas hasta convertirse en una epidemia social.

Nunca antes había habido tantos episodios de ansiedad, tan visibles ni de los que se hablase tanto. En España somos líderes en consumo de ansiolíticos: al menos una de cada 10 personas sufre estos síntomas, según la OMS. De acuerdo con las últimas encuestas, la ansiedad ya es el problema mental más citado por los españoles. Y no sólo es un motivo de preocupación sanitaria: este mal -y sus consecuencias- nos cuesta el 2% del PIB anual.

Si la depresión fue el mal del cambio de siglo, la ansiedad se ha convertido en la enfermedad de nuestra era. Hoy vivimos en la España del Trankimazin.

Si está leyendo esto y asintiendo afirmativamente, caben dos opciones: o es usted del club de los que la sufren -o la ha sufrido- o es de los que ha escuchado a amigos hablar de sus problemas con ella, algo cada vez más habitual. En el tiempo que este periodista ha tardado en escribir este reportaje, un colega de profesión se ha ofrecido a contarle cómo gestionó sus problemas de ansiedad, un amigo le ha explicado cómo empezó a correr porque era la única forma en la que controlaba, otro le ha recomendado un libro sobre meditación, una amiga se ha quejado de una crisis que tuvo en la oficina por estrés y otra que sufría taquicardias le ha anunciado que las pruebas cardiológicas son correctas, pero que el médico la ha derivado al psiquiatra porque cree que -por supuesto- es un problema de ansiedad.

Nadie conoce mejor la enfermedad que Mayca Padilla. Ya lleva tres décadas conviviendo con ésta en su formato más severo. Nacida en Almería, vive en Barcelona desde finales de los 70. Hoy tiene 62 años y se dedica a limpiar oficinas. Mayca cuenta que apenas un par de días antes de hablar con ella ha sufrido su última crisis. Una discusión con un empleado de mantenimiento del edificio en el que trabaja le hizo descontrolarse y chillar. Después llegó «el subidón», la presión en el pecho y la respiración entrecortada e imposible por momentos. «Y sé que todo es mental. Pero casi me caigo al suelo», cuenta.

La cabeza de Mayca y tantos otros ansiosos es como uno de esos restaurantes de comida japonesa donde sirven sushi en platillos que pasan como un tren eléctrico. No dejan de circular. Depende de cada uno qué quiere comer y qué coge. Los pensamientos son lo mismo. Y hay de todo. Brillantes y jugosos pedazos de atún rojo que son gloria bendita, sabrosos cortes de pez mantequilla, salmón que luce como un neón... Pero al final, muchas veces, acabamos cogiendo una y otra vez ese maldito y absurdo sushi de tortilla que no queremos y que nos sienta mal.

En los últimos años, no sólo elegimos el sushi equivocado con más frecuencia, sino que hablamos también más de ello y lo compartimos, como se habla de los dolores físicos. Se ha producido, además, una notable visibilidad y socialización de la enfermedad. Basta acudir a una librería para comprobarlo: Sé tú mismo sin ansiedad, aprende a vivir en la realidad; La ansiedad en tres pasos; La ansiedad no es un mosquito que pasa y me pica, Ansiedad para dummies... Sólo son algunos de la decena de libros sobre el tema que se han publicado en España durante los últimos dos años.

El detonante en el sector fue el libro que en 2014 publicó el periodista Steve Stossel, director de la revista The Atlantic. En Ansiedad: miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior (Ed. Seix Barral), Stossel no sólo hace un divulgativo recorrido por este trastorno y por cómo sólo se ha empezado a estudiarlo realmente en las últimas dos décadas, sino que narra su propia experiencia. Un paciente con un caso severo de ansiedad combatido a lo largo de su vida sin éxito con todo tipo de tratamientos y fármacos. Un periodista prestigioso obligado a tomarse un batido de pastillas y whisky, hasta llegar casi a la inconsciencia, para poder hablar en público.

El de Stossel no ha sido el único testimonio similar. También han contribuido a la visibilidad de estos problemas numerosos personajes famosos que han hablado abiertamente de ello. La actriz Lena Dunham, de 31 años, es uno de los mejores ejemplos: no solamente ha contado que la ansiedad le ha seguido a lo largo de su vida «como una mala amiga que reaparece para vengarse cada vez de una forma diferente», sino que además escribió, protagonizó y dirigió durante siete temporadas la exitosísima Girls, la serie en la que la protagonista también la sufre.

En Estados Unidos, donde se generan y contagian estas tendencias al resto del mundo, la ansiedad se ha convertido, esquivando la frivolidad del término, en una especie de moda. Allí existe un revista, Anxy, que habla de problemas mentales; triunfa ahora en Broadway una obra, Dear Evan Hansel, sobre un alumno de instituto con un trastorno de ansiedad social, y se describe al presidente Donald Trump como un ansioso que duerme mal y que tuitea desquiciado de madrugada, en contraste con la calma que irradiaba su antecesor, Barack Obama...

Desde allí se ha extendido también al mundo el sorprendente éxito del juguetito fidget spinner. Esta hélice con tres ruedas que no hace otra cosa que girar fue originalmente pensada como una herramienta de focalización para casos de déficit de atención, de autismo o de ansiedad. Hoy se vende por millones, primero entre los niños norteamericanos y ahora en España. Si no fuese porque, además de utilizarse para relajarse, se juega con ella compitiendo a hacerla girar más rápido o se apuestan como los cromos, parecería que los niños están ya aceptando su futuro como ansiosos en potencia y se estuviesen preparando para ello.

El resultado de todo esto es que la ansiedad se ha revelado como el mal del siglo XXI: tanto por su prevalencia como por su creciente visibilidad y la reducción de ese tabú que suponía, del estigma social de estar mal de la cabeza. En Google se busca hasta 10 veces más el término ansiedad que depresión. Y desde 2011 los temas relacionados con esta también superan con creces en búsquedas a los que tienen que ver con la depresión, que era la enfermedad mental por excelencia y la primera que empezamos a compartir públicamente.

Algunos ya hablan de los millennial como la generación ansiosa, por el incremento que ha tenido en los jóvenes. En Estados Unidos, Lena Dunham es el paradigma. Allí las estadísticas muestran a la generación menor de 30 años más ansiosa de las últimas ocho décadas. Pero también en Europa, porque la ansiedad, como las cocacolas o las zapatillas, siempre termina exportándose. Un informe reciente alertaba en el Reino Unido de que el 83% de los jóvenes se confesaba insatisfecho y que el 34% decía padecer niveles medios o altos de ansiedad.

La falta de datos hace complicado establecer con exactitud cuántas personas la sufren en España. Hace una década que el Gobierno no hace nuevos estudios para medir la prevalencia de enfermedades como la depresión o los trastornos de ansiedad. La estadísticas disponibles, del Ministerio de Sanidad o de la Organización Mundial de la Salud (OMS), apuntan a una horquilla de entre el 5% y el 10% de la población, con más afectados, al igual que sucede en todo el mundo, entre las mujeres.

Otras estadísticas con las que trabaja el Ministerio elevan la tasa en Europa hasta 70 millones de personas, el 18 %, más del doble que la de la depresión, y alertan de que una de cada cinco personas en España está en riesgo de tener mala salud mental. Según la última Encuesta Nacional de Salud, del año pasado, la ansiedad era el sexto problema de salud más recurrente (el quinto entre las mujeres y el noveno entre los hombres) y el primero de ellos no directamente físico.

La ausencia de estudios más profundos complica la comparación, pero no impide ver la realidad. Desde la Sociedad Española de Psiquiatría aseguran que no se ha visto un incremento significativo de los trastornos de ansiedad. Pero ellos sólo se refieren a esos casos patológicos como el de Mayca, en los que la ansiedad se convierte en una enfermedad, no a los casos moderados. Es decir, cuando se transforma en una compañera de viaje de por vida, en una visita pesada a la que no hay forma de echar de casa.

En sus 30 años de ansiedad y depresión, Mayca ha ido completando su particular colección de fobias. Hasta hace un año no era capaz de entrar a un bar a tomar café sola. Sabe nadar pero no es capaz si no hace pie. Si el metro va lleno necesita quedarse en una esquina junto a la puerta, donde vea una vía de escape. Tiene miedo a las cucarachas y a los insectos pequeños. Sufre agorafobia y claustrofobia. También TOC (trastorno obsesivo compulsivo), que la obliga a necesitar que esté todo correctamente colocado... El resultado, confiesa, es que sólo se siente «tranquila», sólo se siente «bien», cuando está en su casa «y haciendo las cosas» que le llenan». Entre ellas, cuenta, ayudar a otras personas. Por eso forma parte de la asociación catalana Assadegam, de pacientes con trastornos de ansiedad, única en España, en la que tratan de apoyarse unos a otros con terapias colectivas de grupo y además promoviendo una mayor concienciación.

El suyo es uno de esos casos severos. Pero son los episodios leves y moderados los que sí se han disparado durante los últimos años. Los que los médicos consideran «trastornos reactivos o de adaptación», como explica el presidente de la Sociedad de Psiquiatras, Julio Bobes. Episodios de «disconfort psicológico», cambios en nuestra vida que no asumimos o no sabemos afrontar, y que no alcanzan la categoría de enfermedad. Estos casos suponen más de la mitad de los que tratan hoy los especialistas en España y prácticamente también el mismo porcentaje de las consultas que reciben los médicos de atención primaria. Pero los casos leves, no tratados, pueden convertirse en graves.

La crisis ha sido un detonante de este ascenso. Las pérdidas que ésta ha supuesto han propiciado ese aumento de situaciones en las que no nos adaptamos a los cambios. Pero vivimos hoy en una sociedad que además fomenta la ansiedad . La aceleración, el estrés, la competitividad y las enormes expectativas y la frustración de no alcanzarlas azuzan el malestar. Y el hedonismo, que ha «venido para quedarse», como dice el psiquiatra Bobes. Una sociedad que quiere disfrutar, que sólo aspira a disfrutar. Sobre todo una sociedad, como apunta el psicólogo Guillermo Fouce, al frente de la Fundación Psicólogos Sin Fronteras, en la que directamente no deseamos que haya emociones negativas, en la que se ha vendido, marketing puro, la idea de la felicidad, de que en la vida no podemos sufrir diferentes episodios o fases negativas.

Como explica Fouce, hemos llegado a un punto en el que «lo que se intenta es huir de cualquier tipo de problema de una manera superficial. No entendemos ni asumimos las frustraciones y lo queremos resolver todo con una pastilla». Y cuando eso sucede, cuando estamos metidos en ese túnel, sin pararnos a observar a los lados o atrás, es cuando irrumpe un día en nuestras vidas la ansiedad. Ese día en el que el cuerpo se tensiona, el pulso se acelera, se contrae el pecho y cuesta respirar como si fuésemos Dwan en la zarpa de King Kong y éste hubiera perdido su bestial sutileza.

La ansiedad la provocan nuestros propios pensamientos. Y estos no tienen por qué ajustarse a la realidad. Ni siquiera es un trastorno nuevo, una dolencia que haya surgido con el progreso. Ya aparecía reflejada en los escritos de Hipócrates y sus discípulos, durante décadas se habló de ella metida en otras categorías, como fobias, y ya se sabe que es lo mismo que aquella sensación tan existencialista del terror filosófico ante el vacío de la angustia. Sólo que no necesitamos ponernos en esa coyuntura para sufrirla.

La ansiedad no llega únicamente cuando tratamos de averiguar qué lugar ocupamos en el universo. También parece cuando se rompe una relación y nos sentimos aislados aunque no lo estemos. Cuando perdemos un trabajo. Cuando discutimos con alguien. Cuando tenemos miedo escénico. Cuando... Cada uno puede añadir ahí su supuesto favorito: el resultado de la ecuación es el mismo.

El problema no es sólo que aparezca, sino cómo la gestionamos. Entre los años 2000 y 2013 se duplicó en España el uso de pastillas. Al menos una de cada 10 personas las ha consumido en las últimas cuatro semanas. Hoy somos líderes en Europa de uso de ansiolíticos como el lorazepam -el Orfidal es su marca comercial más conocida- y el alprazolam, el famoso Trankimazin, que se consume hoy hasta cinco veces más que hace un cuarto de siglo.

Según la estadísticas, uno de cada cinco españoles consume también sedantes o pastillas para dormir mejor. Y una importante mayoría de ellos lo hace, además, automedicándose, sin pasar por el médico, gracias a la recomendación y el trapicheo de algún amigo o familiar, en un intento desesperado de parar, o intentar descarrilar al menos, el tren del sushi de los pensamientos.

«La OMS nos alerta de que no se pueden tratar los problemas emocionales, como el duelo o el trauma, con psicofármacos. Además también nos dice que no se invierte suficiente en salud mental, a pesar de los grandes beneficios que eso tendría», se lamenta Antonio Cano Vindel, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. Cano acaba de terminar un estudio en el que se analiza cómo se gestionan los trastornos de salud mental en España.

Estos no sólo tienen una repercusión directa evidente para los afectados, sino también para el Estado. Suponen un gasto anual en España de 23.000 millones de euros, según los datos de la OMS, más del 2% del PIB entre el gasto sanitario directo y el que provoca la falta de productividad y las discapacidades de los trabajadores. De acuerdo con este estudio, casi cuatro de cada 10 casos no reciben ningún tipo de tratamiento, al menos seis reciben medicación y sólo uno de cada diez se atiende con tratamiento psicológico sin fármacos.

Los especialistas como Cano alertan del círculo vicioso que se produce en la sanidad española. Un paciente con episodios de ansiedad acudirá al médico de cabecera, que en una consulta de apenas cinco minutos recetará un ansiolítico o derivará a Psiquiatría y a una lista de espera de meses. En el estudio que se ha realizado se medía cómo cambiaba la ecuación introducir más psicólogos en la atención primaria. «Hemos visto que hay un índice de recuperación del 70% frente al del tratamiento habitual con pastillas, que es del 30%», destaca Cano.

La búsqueda de alternativas a los fármacos o de complementos, así como el aumento de estos trastornos, ha propiciado también el auge de otros métodos para combatir la ansiedad. Ejercicios como el yoga, técnicas como la meditación o las prácticas que tienen que ver con ese concepto del mindfulness de cuidar la mente como ya se sabe desde hace años que hay que cuidar el cuerpo, han atraído también la atención sobre la ansiedad.

«Cuando yo empecé, en el año 2004, sólo venían personas familiarizadas con la meditación o el mundo oriental. Ahora hay ya perfiles de todo tipo: enfermeros, abogados, profesores...», cuenta Andrés Martín, responsable del Instituto EsMindfulness. En sus centros, como revela, ha ido aumentado la asistencia hasta un 50% al año. También gracias a internet y las nuevas tecnologías han surgido herramientas que ayudan. Desde páginas para meditar hasta tratamientos online o aplicaciones que permiten relajarse y centrar la atención.

Ahora, tras leer este párrafo, quizá corra a buscarlas en Google. O tal vez espere a terminar el artículo para difundirlo en las redes sociales. Quizá ni siquiera haya llegado a esta línea y antes ya lo haya colgado en Facebook, criticándolo. Tal vez ya lo sepa, pero eso, precisamente eso, llevado al extremo, también es una de las causas de que la ansiedad sea la gran enfermedad de esta era.

No sólo se trata de vivir en un mundo real de continuos cambios y sumido en la incertidumbre: la elección de Trump, el Brexit, el terrorismo yihadista, las secuelas de la crisis económica.... También de habitar ese otro mundo digital, de las nuevas tecnologías, que nos ofrece tanto posibles soluciones a este problema como gasolina para alimentar su fuego. Una nueva realidad cuyas consecuencias aún no se pueden medir bien científicamente pero que ya se intuyen.

Cristina -la llamaremos así porque prefiere conservar su anonimato-, de 40 años, sufrió un trastorno de ansiedad. Empezó a notarlo cuando iba al gimnasio y al terminar las clases de spinning su corazón, en vez de bajar de pulsaciones, se disparaba. Tras diversas pruebas cardiovasculares el médico le dijo que se trataba de un caso de ansiedad y empezó a acudió a un psicólogo. «No sabía por qué estaba así. Pensé que era por el trabajo, por los recortes que había habido... Entonces, cuando empecé a soltarlo todo, me percaté de que a algo que no le estaba dando importancia era fundamental», cuenta.

Cristina se refiere a la relación que desde hacía cinco años mantenía con un hombre casado. Él le decía que dejaría a su esposa, ella le creía, la situación no cambiaba nunca y así fue pasando el tiempo... Cuando finalmente salió de aquel círculo vicioso, cuando aprendió a decir que no y a identificar las situaciones perjudiciales, descubrió el daño que le hacían las redes sociales. «Lo tenía a él de amigo en Facebook. Y él a su mujer. Y ambos colgaban su vida allí».

En aquella vida, claro, no estaba Cristina. Y su estado de ánimo variaba según qué viese en sus muros. «Todo el día miraba su puto Facebook y su puto blog y me demostraba que yo no existía, que yo no formaba parte de su vida», recuerda ella. «Y sobre todo me sentía profundamente decepcionada conmigo mismo, porque yo siempre juraba que no me metería en una relación así».

Su terapeuta le recomendó que rompiera también aquel círculo y lo hizo. No sólo lo eliminó y lo bloqueo a él de Facebook, Messenger y Whatsapp. También, durante una temporada, se borró de todas las redes. Fue, como cuenta hoy, un proceso de desintoxicación, con mono incluido las primeras semanas.

A esta dependencia, sin llevarla a ese extremo de una relación sentimental fallida, con lo que ésta conlleva, los anglosajones la han bautizado como FOMO (las siglas en inglés de «miedo a perderse algo»). Ese continuo recurrir al plasma y a las aplicaciones para asegurarnos de que no está pasando nada sin que seamos partícipes. Pero también esa conexión constante, esa imposible desconexión, es la que al final evita que tengamos el tiempo de relajación que en muchas ocasiones permite ver la realidad de otra forma y sobre todo pensar las cosas de otra manera. Si no nos detenemos, en definitiva, no seremos capaces de ver que en el tren del sushi están pasando esos platillos de atún y seguiremos cogiendo la tortilla.

Pero la ansiedad va más allá. Está en cómo nos relacionamos, en las discusiones y las polémicas continuas. Y en las expectativas virtuales que tenemos y que no se cumplen, en las frustraciones, como las de Cristina. Y en esa conexión permanente. Y en el desosiego que produce levantarse de madrugada para ir al servicio, consultar impulsivamente el móvil y ver que no nos han dado el like que queríamos o leer alguna noticia mala, porque casi todas las alertas lo son, justo antes de volverse uno a la cama a dormir de nuevo. Y en las propias redes sociales. Un estudio reciente de la Royal Society of Public Health y la Universidad de Cambridge (Reino Unido) revela que los jóvenes que las utilizan son más propensos a tener problemas de salud mental, sobre todo síntomas de ansiedad. De las redes analizadas, Instagram resulta la peor parada, porque puede afectar negativamente a la autoestima por la comparación, a las horas de sueño y a ese miedo a perderse algo.

Matt Keracher, uno de los responsables del trabajo, cuenta que aunque éste está centrado en jóvenes británicos, los resultados pueden extrapolarse también a la población de entre 25 y 40 años y a la de otros países europeos. «Todas las evidencias sugieren que las personas que sufren ansiedad y depresión tienen más tendencia a ser mayores usuarios de redes sociales, y que la gente que más usa esas redes es más propicia a padecer ansiedad. Sin embargo, aún es difícil establecer una causa-efecto directa porque es un fenómeno bastante nuevo», explica Keracher.

El investigador aprovecha además para lanzar una pregunta al aire y hacer un llamamiento. De la misma manera que las grandes empresas tecnológicas obtienen beneficios de nuestros datos como usuarios, por qué no, se pregunta, se utilizan «de forma discreta y con sensibilidad» para poder establecer qué usuarios están en riesgo de salud mental para poder prevenir y actuar.

Mientras eso llega, si todo esto le ha generado cierta sensación de inevitabilidad, o si se ha puesto de repente a pensar en la insignificancia del ser humano en el universo, o en aquel amor perdido, o en que mañana toca oficina, y nota que está despertando la ansiedad, le recomendamos un tratamiento muy sencillo y eficaz. Métase en YouTube, busque a Woody Allen y vea cómo se ríe él de la suya. Porque la risa, no nos olvidemos, es una archienemiga de la ansiedad. Y quién sabe, tal vez lo único que nos pasa últimamente es que no nos reímos suficiente.

Noticia El Mundo.es.